
Un recuerdo que permanece intacto en mi memoria fue la primera vez que vi al América en vivo.
En 1988, las Águilas enfrentaron al Irapuato en el Monumental Estadio Celaya de la Unidad Deportiva Miguel Alemán Valdés, en un partido de exhibición.
Recuerdo que en aquel entonces el estadio era pequeñito, no superaba los 5 mil espectadores en sus tribunas laterales.
Ahí estaba yo, enfundado en mi playera amarilla, en la tribuna poniente, en la mera orilla, parte de arriba, lado derecho, agarrado del pasamanos para no caerme. Me acompañaban mi papá y mi padrino Aarón.
Cuando estaban dando la alineación del América me levanté emocionado cuando el sonido local mencionó a Alfredo Tena, mi máximo ídolo. Aún tengo en mi mente cuando levantó la mano y aplaudió volteando a ambas tribunas, haciendo las veces de abrazar a la afición americanista.
El partido terminó 1-0 favor las Águilas con un gol de Antonio Carlos Santos que hizo que se cimbraran las tribunas del estadio. Un regalo que agradezco a mi papá y a la vida.
Ese es un momento de los tantos gratos de mi niñez y mi afición por el América.
Hoy lo escribo porque empieza Mayo, un mes que me recuerda que mi papá sigue conmigo, el mes en que mi héroe de mil batallas nació, un mes que data de los tres últimos títulos del América en el antes llamado Verano, ahora Clausura. Un mes donde el destino quiso que naciera el amor de mi vida.
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